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Historia de Aeroposta Argentina

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eielef:
Este largo relato lo copié yo, y lo encontré de casualidad en la sala de espera de mi médico, en una vieja revista Nueva (redundante???). Tiene varias fotos buenas. 1) La principal se trata de El Patagonia, un Junker 52 que está cargando para un vuelo nocturno. Su matrícula es LV-AA?. 2) En otras fotos salen el piloto Norberto Fernández junto al Tierra del Fuego. 3) Un viejo Douglas DC3 aterrizando en Bariloche. 4 & 5) los pilotos franceses de Aeroposta, inclusive Saint-Exúpery. 6) Inauguración del tramo Bahía Blanca – Comodoro Rivadavia, en 1929. 7) Un Laté 25 llegando a Río Gallegos en abril 1930.  Espero lo disfruten. Si quieren ver las fotos, intento escasearlas y las mando.


Alas de Coraje, por Héctor Zimmerman, Revista Nueva OCT 1997.

Era una mañana invernal de 1930. En pocas horas la tormenta había cubierto con varios metros de nieve la vertiente chilena de los Andes. A pesar de ese clima de perros, el francés Henri Guillaumet, piloto de Aeroposta, despegó de Santiago sin arredrarse y enfiló para Mendoza. Buscó un hueco en la tempestad y, con la máquina sacudida por vientos que rebotaban contra las cumbres golpeándola en todas direcciones, trató de mantener el rumbo. El peso de la nieve que se acumulaba en las alas lo obligó a descender: seis mil metros, cinco mil, cuatro mil… el avión perdía velocidad, la sustentación era cada vez menor. Entre los torbellinos de nieve Guillaumet se encontró con la pared imponente de un volcán. Imposible sobrevolarla; por fin divisó una planicie y en ella vio brillar la superficie helada de la laguna Diamante. Casi sin control de la máquina, voló hasta agotar el combustible y llegó planeando a la superficie helada, sin poder evitar un violento choque del que milagrosamente salió ileso. Tras pasar dos días refugiado en la carlinga, Guillaumet caminó en la tempestad durante cinco días y cuatro noches, para llegar por fin a un rancho. Estaba semicongelado, al borde de un lapso, pero ¡vivo! Tanto el aparato como las sacas de correspondencia fueron recuperadas poco después por una patrulla.
El accidente de Guillaumet es el tema de una película muy reciente, Wings of Courage (Alas de coraje), dirigida por Jean-Jacques Annaud, realizador de El nombre de la rosa y La Guerra del fuego.
Pero éste fue solo uno de los tantos dramáticos episodios vividos por los corajudos pilotos de la compañía Aeroposta Argentina Sociedad Anónima, una de las compañías pioneras de la aviación civil en nuestro país.
La Argentina levanta vuelo:
Hacia el fin de la Primera Guerra Mundial las principales potencias beligerantes disponían de flotas aéreas capaces de desplegar cientos de aparatos en los combates decisivos. Sin embargo, muchos militares seguían confiando más en las bayonetas y en los cañones que en la nueva arma, más apta a su juicio para conseguir héroes que para decidir batallas.
Tampoco el porvenir de la aviación civil parecía promisorio: ¿qué podía esperarse de esas endebles máquinas de tela y aluminio? Sin partes meteorológicos confiables, sin mayor autonomía de vuelo y con pocos aeródromos disponibles, casi todo dependía de la capacidad y el coraje de sus tripulantes. A esa resistencia se opuso la fe de un puñado de hombres que impulsaron la apertura de rutas aéreas para la aviación comercial. Los respaldaban fuertes motivos económicos y geopolíticos. Por una parte, las incipientes fábricas de “aeroplanos” necesitaban colocar sus excedentes de guerra; por la otra, ningún medio era más adecuado que la aviación para asegurar a potencias como Francia y Alemania una comunicación internacional rápida y regular.
Francia no tardó en mandar una misión a la Argentina. Como jefe de la delegación, viajó un hombre que habría de tener un papel trascendente en esta historia. Vicente Almandos Almonacid, nacido en La Rioja, en 1882, había obtenido su brevet en Francia a donde se trasladó de muy joven por consejo de Jorge Newbery. Tras incorporarse como aviador en la Legión Extranjera, durante la guerra formó parte de una escuadrilla de combate. Por la pericia y el valor mostrado en más de mil horas de vuelo, llegó al término de la contienda con el grado de capitán y numerosas condecoraciones que culminaron con la Legión de Honor.
Almonacid conocía muy bien las dificultades que la adopción del avión con fines comerciales suponía en la Argentina, cuya distribución de carga y correspondencia estaba bien cubierta por una amplia red de ferrocarriles. Y donde los trenes no llegaban, como el caso de buena parte de la Patagonia los vientos y las grandes extensiones sin infraestructura dificultaban gravemente cualquier intento de establecer líneas aéreas regulares de largo alcance.
La misión francesa permaneció unos tres meses en la Argentina. Se realizaron algunos vuelos entre Buenos Aires y Mar del Plata, y tras varios intentos fallidos, un biplano Bréguet cubrió con escalas el trayecto entre El Palomar y San Luis. Pero el mayor éxito se logró con el establecimiento de una línea regular a Montevideo, la primera en la historia de la aviación civil rioplatense.
Cerca de 75000 kilómetros recorridos, unos 650 vuelos con un total de 745 pasajeros, más numerosas sacas de correspondencia transportada resumen los logros de esta primera misión francesa. A ella también se debe una hazaña que siguió muy de cerca de su alejamiento. Había quedado entre los proyectos no cumplidos el intento de cruzar la Cordillera de los Andes con miras a establecer un servicio regular. En las últimas horas de la tarde del 29 de Marzo de 1920, Vicente Almandos Almonacid levantó vuelo en Los Tamarindos, Mendoza y en un par de horas aterrizó en Viña del Mar, con lo cual realizó el primer cruce nocturno de la Cordillera de los Andes. Algunas crónicas de la época informaron que la máquina había llegado casi destrozada. Lo que en verdad sucedió es que en su entusiasmo, el público arrancó pedazos del aparato como trofeos de la proeza…
También el empuje de Almonacid se debe a la creación de una subsidiaria de la compañía francesa Latécoére (fabricante de los míticos aviones Laté), llamada familiarmente La Línea por su tripulación. Pilotos y mecánicos formaban una elite en del aire en la que figuraban hombres de la talla de Henri Guillaumet o Antoine de Saint-Exúpery, quien en las páginas de Vuelo nocturno, Correo del Sud y Tierra de Hombre  rindió tributo al coraje de sus camaradas Jean Mermoza, Paul Vachet y Pedro Ficarelli.
Un visionario hombre de empresa, el francés Marcelo Bouilloux Lafont, concretó con Almonacid la idea de establecer una red de comunicación que se extendiera a los países vecinos. Así nació, en septiembre de 1927, Aeroposta Argentina Sociedad Anónima, conocida usualmente como Aeroposta.
Asunción a 7 horas de Buenos Aires, publicitaba un anuncio de Aeroposta aparecido en La Prensa del 28 de marzo de 1929. el servicio, con escala en Monte Caseros, experimentó la primera pérdida humana en la historia de nuestra aviación postal. En agosto de ese año, poco después de decolar de Asunción, Pedro Ficarelli, piloto excepcional que había tenido a su cargo la exploración previa y la inauguración de esa ruta, se estrelló en medio de la niebla contra un cerro cercano a la capital paraguaya. Fue en busca del cadáver Jean Mermoz, quien transportó a Monte Caseros el féretro con el cuerpo embalsamado, afrontando un fuerte viento que redoblaba el peligro de la trepidante sobrecarga.
El Correo del Sud:
Pocas líneas en el mundo suponían los triesgos de la travesía de la Patagonia y el cruce a Chile. El “Correo del Sud”, como lo bautizó Saint-Exúpery en su relato, exponía a hombres y máquinas a largas vigilias de lucha contra vientos huracanados, con la amenaza de nubes espesas que de un minuto al otro ocultaban el filo de los picos andinos y sumían al piloto, falto de instrumental de navegación y sin contacto con tierra, en una brusca desorientación.
El peligro acechaba a cada momento en esos tiempos heroicos. El mismo Saint-Exúpery ha narrado como en los improvisados campos de aterrizaje, sometidos muchas veces a temperaturas de 12 o 15 grados bajo cera, el aceite y el agua para las máquinas tenían que ser calentados antes de la partida. Los “hangares”, alumbrados con faroles de kerosén, no pasaban de precarios tinglados; los vientos, que con frecuencia excedían los cien kilómetros, obligaban a amarrar las máquinas con cables y fuertes anillas cuando había que cargar el combustible. Ello no impedía que en alguna ocasión los aparatos fueran arrastrados y destrozados por una ráfaga de huracán. En cuanto al instrumental de tierra, todo se reducía a una manga para indicar la fuerza y dirección del viento, y una antena que con angustiosas intermitencias mantenía el enlace con Radio Pacheco.
Jean Mermoz y su mecánico sufrieron en los Andes una agonía similar a la de Guillaumet. “Caídos en una meseta encerrada entre paredes verticales de unos cuatro mil metros – relata Saint-Exúpery en Vuelo Nocturno-, jugaron su última suerte. Lanzaron el avión al precipicio. El aparato en su caída alcanzó velocidad suficiente para obedecer los comandos. Mermoz lo elevó frente a una cresta y, al rozarla, el agua escapó por las rajaduras causadas por el hielo (…) Tras siete minutos de vuelo con el motor rateando Mermoz descubrió la planicie chilena como una tierra prometida”.
Como fruto de esos esfuerzos valerosos, Aeroposta inauguró en 1930 un servicio bisemanal entre Río Gallegos y Buenos Aires que a la ida o a la vuelta hacía escalas en Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Trelew, Comodoro Rivadavia y Río Gallegos. A pesar de los obstáculos, el pasaje y la correspondencia llegaban siempre a destino. Se cumplía así la predicción del jefe de la misión francesa cuando llegó a nuestro país: “… los argentinos quedarán sorprendidos al comprobar que soportaron durante tiempo el polvo y el calor de los trenes y la lentitud de los barcos cuando el progreso llamaba a su puerta”.
Misión cumplida:
En 1930 Aeroposta Argentina se hallaba en plena expansión: en abril de ese año inauguró un servicio semanal que cubría la ruta Buenos Aires – Montevideo – Río de Janeiro. Pero no ocurría otro tanto en Francia con la empresa que había dado alas a la Argentina. La Compagnie Générale Aeropostale, que operaba como casa matriz de La Línea local, tropezaba con graves dificultades económicas que obligaron a su liquidación y con ella la de su filial argentina. Casi todos los pilotos franceses de los tiempos históricos habían regresado a su país. Mermoz se extraviaría seis años después en un cruce solitario al Atlántico Sur. Antoine de Saint-Exúpery continuaría volando hasta caer con su máquina hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial. En la Argentina había escrito íntegramente Vuelo Nocturno, recuerdos del Norte de África con alguna escena argentina. De nuestro país llevó también los esbozos de El Principito, escritos durante unas vacaciones en Península Valdés.

MD88:
Lo copiaste?... que grande!!!  :ok:

pampero:
 :jejeje: :jejeje: Parece que estuviste un buen rato en la sala de espera de tu médico.  :jejeje: :ok:

B757:
Una breve biografia de Antoine de Saint Exupery

http://portalaviacion.vuela.com.mx/articulos/antoine.html

Orion:
El Pampa (LV-AAH) fotografiado en el aeródromo de Río Grande...



...les debo el Tierra del Fuego para después...

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